Nacido un viernes a las 22h justo a tiempo para salir de marcha, me sigo considerando aún un quinceañero a mis 43 tacos. Eran tiempos de Franco cuando mi madre dio a luz y evidentemente no poseo recuerdos de aquellos cambios políticos. ¿Para qué? Vaya, pues es una muy importante cuestión pues para comprender el presente hay que entender el pasado; sencillo. Antes de ir a la luna quizás haya que estudiar más los océanos, antes de otras ciencias quizás haya que anteponer el estudio de la mente, neurología, psicología, etc.
Mi infancia tiene algunos recuerdos claves: la música y la televisión sin duda alguna son uno de esos estigmas. Precoz en algunas facetas, otras llegan años más tarde que al resto de mortales. Mis primeros pasos y carreras transcurrieron en Mendigorría, pueblo de la familia de mi madre. Conocí a casi todas mis bisabuelas y mi sueño era poder hacerlas tatarabuelas. Mi primer razonamiento del que yo tenga recuerdo se lo confesé a mi abuelo Eugenio, su nieto mimado pues fui único varón en la descendencia que perpetuó. Precisamente durante la final de basket en los JJOO de Los Angeles 84 entre USA y España comí más de 20 peras en aquel pueblo de torre de vino en la iglesia. Años más tarde una sola manzana desembocó una irreversible alergia a la fructosa en general; cosas de la vida. El parvulario, el colegio, los juegos en la calle y mucho más tarde el comenzar a salir con amigos, los follones y los malos tragos simplemente llegaron con el caudal, el devenir y el transcurso correspondiente.
No me arrepiento de nada, todo queda y de todo se aprende. No me gusta tan siquiera borrar nada de lo ya escrito, inmortalidad donde nadie logrará alterar mis pasos tras el camino, torcido, a veces cuerdo, bondadoso por naturaleza, inocente de forma irreversible, soñador y utópico, salvado en innumerables ocasiones de ser un auténtico bala perdida, ahora llega otra etapa donde el futuro amenaza su magnánimo devenir.
Comenzamos pues.
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